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Las semillas que tuvieron que salir de la bóveda del fin del mundo

El primer retiro de semillas de Svalbard llevó una reserva ártica a nuevos campos en Marruecos y Líbano. Su viaje explica por qué guardar una copia es solo una parte de conservar una colección viva.

La puerta se abrió para sacarlas

En septiembre de 2015, unas semillas emprendieron un viaje que parecía ir en la dirección equivocada. Salieron de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, el almacén construido dentro de una montaña del Ártico para protegerlas. Su destino estaba mucho más al sur: Marruecos y Líbano. Allí tendrían que volver a crecer.

Era la primera retirada de semillas desde la apertura de la bóveda. La había solicitado ICARDA, el Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Áridas, cuya colección cerca de Alepo había quedado afectada por la guerra en Siria.

La imagen habitual de Svalbard invita a imaginar un final: se cierra una puerta, las cajas quedan a salvo y el trabajo está hecho. Pero esta historia necesitaba que la puerta se abriera. Para entender por qué, hay que seguir una semilla más allá de su estante.

El viaje había empezado antes de la guerra

ICARDA fue una de las primeras instituciones que depositaron semillas en Svalbard cuando abrió en 2008. Su banco estaba en Tel Hadia, cerca de Alepo. Conservaba, entre otros cultivos, cebada, trigo duro, habas, garbanzos y lentejas: nombres que caben en una lista de la compra, pero que allí representaban una gran diversidad de plantas.

Lo enviado al Ártico eran duplicados de muestras de la colección. Una muestra puede contener muchas semillas; no equivale a una especie entera. El interés está también en las diferencias dentro de un cultivo: materiales de distintos orígenes pueden ofrecer características útiles para la investigación y la mejora agrícola.

La guerra convirtió aquella precaución en una necesidad. Según el relato publicado por Crop Trust, la mayor parte del personal salió en 2012, mientras algunos trabajadores sirios continuaron preparando envíos. Entre 2012 y 2014 se enviaron más muestras a Svalbard. La copia de seguridad se estaba construyendo mientras el acceso a la colección original se volvía cada vez más difícil.

Una copia segura no hace todo el trabajo

Para conservar una colección agrícola hace falta algo más que guardar cajas. Un banco de germoplasma mantiene materiales vivos y los pone a disposición de investigadores y mejoradores. Estos pueden estudiar sus rasgos, compararlos o utilizarlos en el desarrollo de nuevas variedades.

Svalbard cumple otra función dentro de esa red: conserva duplicados de seguridad. Las cajas permanecen cerradas bajo las condiciones llamadas de «caja negra». La institución que deposita las semillas mantiene su propiedad y es la única que puede pedir su devolución. No es un catálogo del que cualquiera pueda encargar un sobre para su huerto.

La diferencia se parece a la que hay entre un archivo de trabajo y su respaldo. El respaldo permite recuperarse si el archivo deja de estar disponible. Por sí solo, guardado lejos, no continúa la actividad interrumpida. La comparación tiene un límite esencial: aquí la copia está viva, puede perder viabilidad y necesita cuidados especializados.

En 2015, recuperar la actividad de ICARDA exigía sacar las muestras de su refugio. Mantenerlas a salvo era una parte del rescate. Conseguir que volvieran a estar disponibles era la siguiente.

El paso más importante ocurrió fuera de la montaña

Las muestras retiradas sirvieron para reconstruir colecciones en las instalaciones de ICARDA en Marruecos y Líbano. El informe de Svalbard de 2019 identifica los nuevos centros en Rabat y Terbol. Hasta allí llega la ruta del envío. A partir de ahí empieza otra clase de recorrido: semilla, planta, cosecha, nueva semilla.

En conservación, este proceso se llama regeneración. Se cultiva el material para obtener nuevas semillas con las que mantener la colección y atender solicitudes. No basta con abrir un paquete y repartirlo hasta agotarlo. La reserva tiene que renovarse sin perder lo que hacía valiosa a cada muestra.

En noviembre de 2015 ya se estaban sembrando las primeras muestras retiradas. En 2016 se cosecharon nuevas semillas de cereales y legumbres anuales, según el informe de Svalbard publicado al año siguiente. El edificio ártico no podía sustituir a quienes sembraban, cuidaban, identificaban y cosechaban en los nuevos centros.

El informe de 2019 comunica que las muestras retiradas en 2015 y 2017 germinaron bien. Es una frase discreta para un momento decisivo: lo protegido en las cámaras podía volver a producir plantas. La copia se había convertido en un punto de partida.

El regreso no era de las mismas semillas

En febrero y septiembre de 2017 llegaron a Svalbard nuevas semillas procedentes del programa de regeneración. La cosecha había permitido renovar el respaldo. Hubo más retiradas en 2017 y 2019, dentro del proceso de reconstrucción de la colección.

Aquí conviene detener la imagen. No era un préstamo de objetos que regresaban intactos en la misma caja. Parte del material había salido del frío, había crecido y había producido una nueva cosecha. Lo que volvía a las cámaras eran nuevas semillas que permitían conservar de nuevo un duplicado.

La ruta se bifurcaba. Una parte sostenía el trabajo de la colección activa y su disponibilidad para investigación y mejora. Otra restauraba la reserva lejana. Por eso una flecha de ida se queda corta para contar esta historia: hace falta dibujar también el regreso.

Las muestras de ICARDA pasan de Alepo a Svalbard; en 2015 salen hacia Marruecos y Líbano. Tras el cultivo, las semillas nuevas abastecen las colecciones activas y una nueva reserva en Svalbard desde 2017.
El viaje se bifurca tras la cosecha. Una parte sostiene las colecciones activas; otra repone la copia de seguridad. Esquema del proceso, no de distancias o cantidades. Crédito de la imagen: Coru. Diagrama original de Coru; composición vectorial propia, sin imágenes de terceros. Image terms · Ask about reuse

El frío compra tiempo

La bóveda mantiene sus cámaras a −18 °C. Las semillas destinadas a ella se secan y se sellan en envases herméticos. El frío y la baja humedad reducen su actividad metabólica y ayudan a conservarlas durante mucho tiempo.

«Mucho tiempo» no significa para siempre. Vigilar la viabilidad y organizar la regeneración siguen siendo responsabilidades de la institución depositante. Tampoco se conserva de esta manera cualquier planta: Svalbard está pensado para semillas que toleran el secado y el almacenamiento en frío.

Esa limitación vuelve más interesante el refugio. Su fuerza depende de una red en funcionamiento: colecciones, registros, personas, cultivos y lugares distintos. La puerta de acero es la parte fácil de fotografiar. Los años de mantenimiento y las futuras cosechas son menos visibles, pero forman parte del mismo sistema.

La próxima vez que veas un sobre

Si tienes semillas guardadas, hay dos preguntas diferentes que puedes hacerte: «¿Dónde están?» y «¿Todavía pueden germinar?». Encontrar el sobre resuelve la primera. Una prueba de germinación ayuda a explorar la segunda, dentro de sus límites. Un banco de germoplasma afronta esa diferencia a una escala y con unas exigencias mucho mayores.

La historia de ICARDA permite mirar Svalbard de otro modo. La bóveda no tuvo que esperar a una catástrofe mundial para resultar útil. Una colección concreta necesitó recuperar su actividad, y una copia guardada lejos hizo posible comenzar de nuevo.

El final no es una puerta que se cierra sobre las semillas. Es una planta creciendo fuera de la montaña, y otra generación de semillas que ya tiene preparado un lugar al que volver.

Fuentes y lecturas complementarias

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